UN GRATO ENCUENTRO..........
Tantas emociones en un simple encuentro en la parroquia "La Merced" de Antofagasta, después de la Santa Misa celebrada en el “Día del Párroco”.
La querida y recordada Patricia Molina Aguila, una pampina de tomo y lomo, reina en sus tiempos en las fiestas del salitre y en los aniversarios7 del deportivo “Molinos” de María Elena, a la que recuerdo con el máximo cariño y respeto.
Y junto con ella, su familia, su numerosa y hermosa familia, que marcó mi vida, mi niñez, mi juventud. Conocí del sacrificio, la alegría, el esfuerzo, la amistad sincera, la fe sobre todas las cosas, la entrega y todo aquello que hizo en mi un agradecido de Dios por conocerlos.
Sus hermanos, mis amigos, Simón, Juanito, mi gran compañero de juegos David, un eximio futbolista con quien alguna tarde nos trenzamos a combos después de perder la "pichanga", pero que al día siguiente ya estábamos nuevamente hermanados y sin rencores en el paseo con los scouts; la Gaby, el Lalo, Fernandito, caminando por el callejón con pañales de tela y calzón de goma, casi recién nacido y por allí sin nacer aún Guillermo, a quien no tuve el gusto de conocer, pero que es del mismo "molde" de los Molina Aguila..
¡Oh Dios! ¡Cuántas cosas hermosas, cuántos paseos al Río Loa o al cementerio de Coya Sur, cuántas tardes de mirar embelesados los atardeceres pampinos y observar el jardín de los Molina, donde en medio del apio y los tomates nacientes, las cáscaras de huevo nutrían la tierra. En mi ignorancia, me imaginaba ingenuamente que también se plantaban para tener nuevas plantas de huevos entre el verdor de las flores y verduras, en circunstancias que en el gallinero posterior cacareaban las gallinas y en el patio trasero la jaulita de mis amados y esquivos conejos, me traían dulces aromas de fresca alfalfa y cáscaras de verduras.
Una tarde que ellos me dejaron a cargo su casa y oculto en esa pieza que servía de bodega y taller de carpintería, por las particulares cualidades de Don David, que tenía y conocía “todas” las profesiones y oficios del mundo y que trabajaba sin descanso a toda hora, desde ese escondrijo por primera vez en mi vida, vi un “Pato” poniendo un huevo.....¡¡Tremendo huevo!! ¡¡Tremendo Pato!! ¡¡Gigante para mí!!
Por cuidarlo y mantenerlo tibio entre las ropas del cajón de té donde en verdad la “Pata” puso su huevo, desconociendo absolutamente la diferencia entre los patos “machos” y los patos “hembra”, la generosa mamá de los Molina, a la que nunca le faltaban invitados en su mesa, con espíritu generoso y ante mi emocionado descubrimiento, me lo regaló para llevarlo a mi casa para la hora del té, lo cual hice transportándolo delicadamente como todo un trofeo, como quien carga un balón de fútbol entre las manos, temeroso de no tener la desgracia de perder ese invalorable cascarón gigante que puso la pata, en el inicio de esa tarde.
Doña Laura era tremendamente generosa, con decirles que hasta los humildes “Cancheros”, que trabajaban con sus carretas de transporte en las afueras de la pulpería, llegaban algunas tardes, deseosos de "pasar la resaca" a tomar un té caliente y a sentarse en esa larga mesa del “Té Club”, en la que cabíamos todos los “habitantes” de la comarca cercana y que éramos los “convidados de piedra”, y que nos sumábamos a la familia Molina completa, apretujados y empujando los cachetes por las bancas, nos acomodábamos alegres, compartiendo el pan generoso y tomando leche con harina tostada o disfrutando de esos “ulpos” con agua caliente (“Cocho”) en medio de esas amenas charlas de niños con la Sra. Laura, siempre bondadosa y buena anfitriona que nos atendía como madre a “todos sus hijos del barrio”.
Como en todas las casas pampinas, no había abundancia, pero ella se sacaba el pan de su boca para compartirlos con aquellos que teníamos la fortuna de ser amigos de los Molina.
La Sra. Laura poseía un carácter reposado y pasivo, jamás se alteraba, (¡claro que cuando lo hacía se “notaba”!), pero en lo de siempre, era dulce y acogedora y no pasaba muchas rabias con tantos niños en su casa, entre ellos los “allegados” de siempre, los que llegábamos justo a la hora de “once” después de la “pichanga” y que sabíamos que algo nos tocaría de ese rico té pampino y esas marraquetas que aún conservaban la frescura y cáscaras crujientes horneadas en la mañana.
El pan con chancho o mezclas de mantequilla y paté, desplazados con abundancia oceánica entre las migas blancas y gruesas de la marraqueta o el pan con huevo, fueron esos manjares que perduran con sus sabores en los paladares del recuerdo con esos sabores inolvidables.
¡Ah! Y ese “gigante” huevo de Pato, (que en realidad era de “Pata”), fue mi personal huevo frito más grande que me comí en mi historia de niño, rebasaba la paila que chorreaba la “clara” y que rescataba afanado con una cuchara para no perder ni un gramo. Y mi mamá se reía de buena gana, era “MI” huevo, y comentaba las bondades de la familia vecina, porque en esa casa pampina de “Los Molina”, había tanto amor y tanto de la vida del "sur", esa vida que añoraban mis padres, y que en todo estaba siempre presente el sacrificio y el incansable trabajo y tanto quehacer.
El Sr. Molina, Don David, era hombre de trabajo, trabajo y trabajo, siempre afable y con su invariable sonrisa y alegría, bromista como nadie, era el autor del cuento que yo a pies juntillas me creía, como el de “sembrar” sus cáscaras en el jardín. Con los años, alguna tarde Simón me dijo: “Eso lo ponían para que no “ojearan” las plantas. Un secreto de campo.
Jamás se quejaba, y corría con su bolso de lona blanca y tranco largo, a las faenas de la salitrera en “Los Molinos”, y cuando retornaba de los largos y esforzados turnos, nos regalaba en su sillón de peluquero un corte gratuito para vernos lindos y ordenados. Sus hermanas la “Meche” y la “Lucy” trabajadoras de la pulpería, tocaban majestuosamente el armonio en la Parroquia "San Rafael Arcángel" de la oficina salitrera, y sus voces eran alabanzas divinas de ángeles terrenales que subían al cielo entre el polvo del atrio moviendo siempre sus agitados pies en los pedales del instrumento para alimentar de aire las válvulas que daban paso a las corrientes y que salían transformadas en notas musicales. En ese espacio sagrado nadie hablaba, solo se cantaba y entre esos escondrijos de la madera se acumulaba blanco el polvo en los rincones, pero bajo esa camanchaca pampina de polvo de salitre, se guardaba el barniz brillante de una noble madera, expandiéndose las armonías por la nave central y escapando las notas al aire por la puertita pequeña del Campanario por donde volaban esas bellas notas musicales hacia el cielo.
(Punto aparte me merece un sencillo recuerdo que ha quedado grabado en los discos duros del recuerdo de la mente: Esos domingos únicos, cuando el último disco de 45 rpm de moda, giraba en el tocadiscos de los Molina, y la voz de algún cantante que no recuerdo en este momento, cantaba melancólico:
- “Romané, esa gitana, que al mirarla me enamoré….”
Y repetíamos el disco una y otra vez, hasta terminar todos cantando la canción, antes de que llegara el auto que llevaba a Don David al cementerio de Coya Sur a dejar flores frescas a su madre y que en algunas oportunidades llenaba yo algún espacio disponible y participaba de esa sagrada romería , ceremoniosa y alegre que nos llevaba por la pampa al lejano camposanto, donde se alzaban las tumbas celestes, blancas y amarillas de tantos pampinos que dejaron allí sus restos para la eternidad.)
Los Molina, de la calle Luis Acevedo, diagonalmente frente a mi casa que tenía el número 94, al lado de los “Vera”, (Carleque, el Jorge, la Jenny), con su esforzada madre la afanosa señora Laura, que cocinaba tan ricas cazuelas y que yo olía con ansias desde la mosquetero de la calle, mientras esperaba al "Davicho" para jugar a la pelota en la "corrida" fueron mi inolvidable familia del barrio, mis hermanos de juegos, quienes me apodaban amigablemente como “El Canuto” Garcia, por ir tanto a Misa a ayudar al cura.
Fueron mis cómplices y amigos de las maldades naturales de esos niños pampinos, juguetones y traviesos.
Una tarde de juegos, Juanito, el inventor loco de la "boligoma" que habíamos visto en el cine de María Elena y que cocinamos echando trozos de goma de crepé y restos de correas transportadoras de la faena, en un tarro en una esquina de la carpintería de Don David con alto riesgo de incendio y que al aplicarla derretida y ardiente a las zapatillas o zapatos y con esa ilusión de volar tirarnos desde arriba del tejado para sentir alzarse nuestros cuerpo al aire en el rebote y saltar a los espacios azules del cielo como en la película, en realidad nunca dieron resultados, sólo dolor de pies, algunas magulladuras y limpiando con urgencia las suelas degastadas para evitarnos algún reto en nuestras casas, terminando agotados y reunirnos en la esquina adoloridos y con cuerpo agotado.
Entonces en ese leve descanso lleno de frustraciones y zapatillas quemadas, Juanito que era inquieto y actuaba con su mente siempre agitada y “creativa”, llenó su boca con un trago de gasolina o alcohol, puso una manguera entre sus labios, encendió un fósforo en la salida opuesta y sopló como una potente bomba alimentada por el aire de sus pulmones, de modo que el combustible pulverizado, ardió explosivamente en mis pantalones y de susto me revolqué en la tierra mientras el mismo Juan, me tiraba polvo (y piedras también), para apagar el incendio corporal y de mi ropa, y entonces salí corriendo en calzoncillos por la calle, con los zapatos chamuscados en mano, perdonando ese gran gesto de amistad e "iniciación" y de “sana” convivencia tan propio de pampinos, rumbo al resguardo de mi casa, mientras los pantalones ardían en la esquina de la casa del “Carleque” Vera. Un pantalón de esos que llamaban “Guardapeos“ , los primeros buzos de esos años, me salvó la intimidad expuesta y me quedé callado y oculto mirando la ventana cómo ardían mis pantalones, sin que mi madre se enterara de esa tragedia “noticiosa” en ese día, pero que alguna tarde posterior me cuestionó con un certero y violento “nalgazo” con una escoba, para aprender a no andarme metiéndome, según sus propias palabras, en “huevadas”.
Algunas tardes de peluseo o de “pandilla” después de ver esas películas de vaqueros que irrumpían por los cañones del Colorado persiguiendo indios, concurríamos a la “Carbonera” del Negro Muza a recoger trozos de carbón de piedra, y aprovechando la cercanía de la Estación, recogíamos de entre los rieles y durmientes, restos de salitre granulado y terrones amarillos de azufre de las cargas que frecuentemente pasaban por esos lados a las faenas, (nos escupíamos las manos y poníamos los trozos de azufre en las palmas y el humo y fuego nos quemaban la piel y surgían esos vapores tóxicos y los garabatos naturales de los niños ante el peligro, pero sin mayores quejas, más que eso, con sonrisas alegres, como parte de nuestros “juegos y “fuegos”, y nadie se murió nunca por eso.
Un martillo o una estaca de cabeza curva encontrada en las vías, nos servía de herramienta de golpe, y con el carbón piedra bien molido, mezclado al salitre granulado y ese azufre amarillento y mal olor, fabricábamos pólvora dentro de una vieja olla encontrada en la basura, y entonces jugábamos a reventar ampolletas, poniendo la mezcla en tarros de Nescafé, con mecha de trapo que encendíamos con fósforos justo debajo de las luminarias y al explosar la carga interior, la tapa salía violentamente hacia el cielo, quebraba la bombilla y entre los vítores alegres de la maldad del término del agitado día, nos sentíamos felices. A veces para asegurar la carga, le poníamos un “petardo” grande de envoltorio rojo de esos “chinos”. Era la “fiesta” de la oscuridad del barrio sin luminarias y el secreto mejor guardado de tantos cómplices de la mala y arriesgada broma. La casa de los Pastenes, la del número 93, casi siempre era la primera en ser afectada.
¡Ay Dios! ¡Qué recuerdos!
Ese encuentro breve me permite dar las gracias a la querida Patricia Molina por habernos saludado y encontrado, como siempre en las cosas de Dios. Sin duda, la partida de tu esposo, el negrito Gahona, marcó también nuestros recuerdos, y quedamos de alguna tarde tomarnos un "té pampino", con hierba Luisa o cedrón y pan con aceitunas negras y amargas de Azapa, para recordar el mayor regalo que nos dio la vida: la amistad pampina (que nunca muere) y las nostalgias de la cuna de sacos blancos harineros que nos vio nacer desterrando las vanidades humanas y que perduran con ese olor a polvo y pampa que nos regaló abrigos en las noches invernales y que se mantienen albos como el alma blanca, de lluvias de salitre y purezas que perduran por siempre en nuestros corazones de pampinos.
Y todo eso lo vivimos en un corto "segundo" de abrazos, recuerdos y nostalgias.
¡¡Gracias Dios por la vida que me tocó vivir!!
(Me tomé la libertad de subir estas fotos que son de propiedad de la página Pampinos.cl. que administra Fernando Molina y que en estos recuerdos, era un bebé con pañales. )
Gracias...
Recuerdo de un 6 de agosto de 2019. Siete años ya...
"Clan" de los Molina Aguila
Sentados: Patricia, Gabriela y David
De pie: Simón, Fernando, Guillermo, Juanito y "Lalo"
LOS MOLINA - AGUILA
(Foto proporcionada por Simón Molina)
Una hermosa fotografía de la Familia de Don David Molina y sus hermanos, rescatada de la página que administra Fernando Molina, Pampinos.cl. Las hermanas Molina. Mercedes y Lucinda, tocaban el armonio y eran eximias músicos de la Parroquia “San Rafael Arcángel "
La primera de la izquierda sentada es la recordada amiga Patricia Molina. Sus padres, Don David y Doña Laura a la derecha. Mis mejores recuerdos de ese bello matrimonio pampino que fueron como mis padres adoptivos en ese inolvidable vecindario de la calle Luis Acevedo.
Celebración Deportiva con la Reina Patricia del deportivo “Molino"
(Fotografía Pampinos.cl. de Fernando Molina Aguila)
A la derecha Patricia y Raúl, grandes amigos de la pampa. No ubico a la pareja de la izquierda.
(Foto Pampinos.Cl. de Fernando Molina)
Bellezas de la Pampa
Amigos de la pampa
MAYONESA CASERA....
Era frecuente en los días de escuela de la pampa, a la que concurríamos los de cursos más pequeños solamente en las tardes, que estuviéramos con mamá toda la mañana, acompañándola en las rabietas del día y obligadamente ayudándola en los quehaceres de la casa.
Nadie estaba exento en nuestra casa de trabajar, en lo que fuera, para el bien de todos. Siempre nuestra madre fue muy exigente, al menos con los que éramos los hermanos mayores.
Mientras ella cocinaba o picaba la cebolla, nosotros corríamos las sillas que se usaban en ese entonces en lo que llamábamos la “Sala” principal a la entrada de la pequeña vivienda.
Con mi respetada “hermana mayor”, Ana Maria “jugábamos” a pasar el “chancho” con una virutilla bajo el peso de ese armatoste de fierro que tenía apernado un escobillón a veces muy gastado, y que servía para sacarle brillo, después del encerado, al piso entablado. Nos entreteníamos desplazándonos como campesino en el arado, arrastrando el pesado “chancho” sobre las tablas, que ennegrecidas por la cera acumulada en sus hendijas y porosidades al transcurrir de las semana, se tornaban opacas y oscuras. A veces en los pocos días libres que tenía mi padre, él hacia su gimnasia de piernas tipo "boxeril", desplazándose a dos piernas y sacando como verdadera escofina con las mallas del acero de la virutilla, toda esa grasa de la cera pegada y oscura, y con ese ejercicio, iba floreciendo la madera viva, llena de hermosas vetas, entonces nos alegrábamos de esa limpieza que con tanta efectividad realizaba en un juego de colaboración permanente a mi madre, y que nosotros en sus ausencias laborales, imitábamos, con ese mismo entusiasmo con el pesado “chancho”, pero con un gran interés, puesto que después de hecho aquello, tendríamos el “permiso” y los “setenta pesos” correspondientes al valor de la entrada, para arrancar alguna tarde a sentarnos a ver una película en nuestro Teatro de Maria Elena. Debo ser sincero, yo me ganaba los setenta pesos, ese billete azul con el rostro de OHiggins y esas dos monedas blancas para mi entrada a la “Galería”; pero mi hermana, más fina y no tan de pueblo como yo, había que darle el doble, porque ella se sentaba en la platea que tenía sillones cubiertos y blandos en cambio nosotros los de abajo, sillones con tablas bien moldeadas para las sentaderas pero por cierto más duras. Los de “arriba” en la platea, los de “abajo” en la galería.
En el trabajo del “Chancho” nuestro, y en el de la cocina el picadillo de las cebollas para los tallarines con salsa, oíamos a veces a mi madre llorar de vez en cuando y la sorprendíamos cantando, mirando un papel con la letra escrita de la canción a lápiz grafito sobre su mesa de trabajo de cocina, muy afinada como era ella, entre lágrimas de la cebolla o quizás de algún personal recuerdo, entonando: “Era un triángulo, triángulo, triángulo (había allí una pausa: tatata - tan) y proseguía alargando el final del verso, “Nuestro quereeeer…”. Sus lágrimas entonces corrían por su hermosa y tostada mejilla, la suponíamos siempre, por causa de la fuerte esencia de la cebolla, no por algún sentimiento que le recordaba quizás un secreto triángulo de esos tan comunes que se leían mucho en las revistas de “Fotonovelas”, o “Cine Amor”, o en esos libros como “Pampa Desnuda” que en esas largas horas de biblioteca escribiera el Sr. Sánchez y que con los años vendía en las esquinas de la ciudad de Antofagasta o Santiago, con tanta ilusión y con un casco de minero, que algunos lo tildaban de loco, aunque fuera para honor de los pampinos, uno de los primeros y originales escritores reales de nuestra pampa.
Para alegría nuestra, el olor a cebolla no nos alcanzaba en la faena de limpieza, arando con el chancho, puesto que los olores se disipaban rápidamente, aprovechando la corriente de aire que entraba de la mosquitero de la puerta hacia la calle Luis Acevedo, y que se llevaba los olores de la cebolla y las notas de las canciones, por una hermosa “Claraboya”, que mi papito con ingenio y ayuda de unos maestros de la carpintería, había construido en el tejado, con ventanales que se abrían tirando con una cuerda desde abajo, y que más allá de la utilidad práctica que muchos luego tuvieron en sus casa, nosotros como niños, creíamos que eran ventanales o puertas que nos llevaban al cielo.
En realidad los tejados estaban siempre cubiertos de gruesas capas de tierra y elementos de desecho, cajas vacías con botellas que alguna vez fueron de la cantina de nuestros queridos vecinos del “Rancho Chuqui”, algunas alpargatas abandonadas o tiradas al techo a propósito, pelotas de trapo ajadas por el sol inclemente, o juguetes de lata de sardinas, que eran nuestras mejores entretenciones.
Una vez fueron los maestros “plomeros” a instalar una chimenea para la cocina a leña del patio de mi casa, subieron al tejado a la faena desde muy temprano en la mañana, y al parecer era solo perforar el zinc del tejado, poner la prolongación del tubo metálico y sellarlo con brea y/o algo de felástica con pintura, una sencilla tarea; sin embargo, aparte de la brea caliente, que fundían en un tarro con leños en la calzada de la casa, seguramente alguno de los maestros de la “cuadrilla”, subió al remate final con su botellón de vino oculto, y ya muy tarde casi noche, sentimos los ruidos en el tejado - pensando que era un gato- y sorprendiéndonos los gritos del buen hombre nos pedía "la escalera".
Seguramente se durmió cansado y asoleado toda la tarde tapando el orificio con brea y esperando que se secara con su buen botellón de vino. Hubo que llamar por teléfono desde el Pasaje “Orella”, a la “Oficina de Casas” para traer una escala y nuestro buen trabajador, se fue con una sonrisa en los labios, descansado de la “mona” y feliz con el resultado óptimo de su eficiente trabajo.
Yo me subía muy seguido al techo, por el palo del asta de la bandera, con esforzada destreza y cuidado, y entonces les decía a mis hermanas que allí había un mundo de muñecas y que era todo hermoso, en especial sentirse como en las nubes pampinas que a veces eran muy escasas en las tardes calurosas, pero que nos pintaban el cielo de crepúsculos arrebolados multicolores en esos inolvidables atardeceres en su caída hacia el oeste de “nuestro sol” pampino que se retiraba a dormir en alguna cama del lejano océano en las noches.
El tejado era otro mundo y cuando estábamos en la sala pasando el chancho mi hermana menor me preguntaba que como sería subirse al cielo por esa ventana y cabalgar en las nubes, esas que yo le hablaba que abundaban en ese espacio y que soñaba con conocer ese mundo de cuentos y acunar alguna bellezas de "carey".
Limpiar con el famoso y pesado escobillón de fierro, era toda una odisea de movimiento en espacio tan pequeño: corríamos las sillas que eran de madera noble y fina, como casi todos los muebles de los pampinos, construidos en la misma carpintería de la empresa, con esas perforaciones en su maderas de la sentadera como bizcochos de naipe y muy barnizadas con un cubre sillas de género para evitar que se destiñeran y que mi mamá confeccionaba con algún cortinaje o tela barata adquirida en nuestra pulpería, para proteger de la tierra nuestros humildes pero útiles muebles.
Después de terminar la sala, venían los dormitorios, cada cual debía hacer “su” cama, y allí trabajábamos toda la mañana sin antes terminar mi jornada, subiéndome a una silla y alcanzando la alta tabla de aplanchar y mojar con una escobilla con té, mis pantalones cortos café para ir en la tarde a la Escuela, pues mi madre nos daba a todos pequeñas misiones y debíamos limpiar y barrer toda la casa y en mi caso eso era especial, me gustaba aplanchar mis pantalones cortos de la escuela. Así ayudábamos los habitantes del pequeño hogar mientras ella asumía mayores obligaciones mientras se paseaba afanosa y diligente con su barriga “siempre llena”, esperando una cuarta o quinta niña. No creo haya sido fácil para ella asumir tanto con esos pampinos pequeños y buenos para comer, jugar y hacernos cumplir las tareas escolares o dejarnos después de cumplidas nuestras obligaciones, recostarnos a descansar en las camas recién estiradas con un libro de lectura o una revista de aventuras disfrutando algunas veces del fresco aire que entraba en poca cantidad, pero fresco al fin, por las ventanas enrejadas.
Llegaba la hora de terminar los preparativos del almuerzo en espera de la llegada del papá, que no siempre estaba presente, y allí sí que mi mamá se tornaba una mujer casi religiosa, nos dejaba mirarla en silencio absoluto en su tarea que reiniciaría pronto, si queríamos permanecer en ella como espectadores, o nos dejaba salir a la calle a jugar para no entorpecer más el urgente trabajo del día.
Antes de ello inspeccionaba el aseo, secaba sus lágrimas de la cebolla, lavaba sus manos y entonces se sentaba después de poner la mesa con las cucharas, tenedores, cuchillos y las servilletas de género que ella, al igual que las tibias sábanas de invierno, confeccionaba con la tela de los sacos de harina que se hacían pocos para tanta población, comprados clandestinamente a algún panadero de la pulpería, siempre albas y limpias y que antes de confeccionar servilletas o sus paños de cocina o bolsas para el pan, remojaba con agua y jabón gringo rallado y mezclado con “Agua de Cuba” , en agua hirviendo, dentro de unos tarros cuadrados metálicos, donde se envasaba la manteca, a fuego lento pero intenso del carbón de nuestra amada cocina a leña de nuestro pequeño patio. Y en ese ambiente de tranquilidad y mientras calculaba la hora para el “pito” de la “Una y cuarto”, que anunciaba la hora del almuerzo, se sentaba en la esquina de la mesa, más tranquila, lavada sus manos, todo revisado y acorde a lo que le gustaba el orden y la limpieza, y empezaba su maravillosa tarea, la última de la mañana antes del almuerzo: su artística, ceremoniosa, llena de oraciones y buenos pensamientos: “Su” apreciada y deliciosa “mayonesa”.
Dos yemas de huevos, un plato hondo blanco de esos de loza que se usaban en la pampa, medio limón cortado listo para exprimir su jugo, un poco de ajo picado y el salero a mano. Nos decía que para éxito de esa mezcla, debía estar sola y tranquila y entonces nos dejaba elegir: permanecíamos mirando para aprender silenciosos y sin hablar sin mirar el plato por temor a que nuestra vista le hiciera “ojo” a su manjar, o salir arrancando a jugar a la calle. Más preferíamos la calle, pero alguna vez me quedé allí para aprender la obra de su manos.
La más rica y sabrosa mayonesa que hayamos comido como niños de la pampa, y hasta hoy como adultos, la confeccionaba en casa mi mamá, y como ella muchas mamitas de nuestra querida “oficina salitrera”.
Comenzaba con un tenedor engañando a las yemas, dándole vueltas lentamente y con la otra mano, tomaba su botella tradicional de aceite, que comprábamos por litro y a granel”, en la pulpería y lentamente, mirando siempre al centro, casi sin respirar, con un sentimiento casi de retiro espiritual, le daba vueltas y vueltas a las yemas de huevo y poco a poco vertía muy sutilmente el aceite mezclando y tomando esa consistencia que después de mucho rato, de girar incansable y constante, recién comenzaba a tornarse cremosa y firme dándole todo su cariño y concentración a esa delicia aceitosa casera que le había enseñado a hacer nuestra adoptiva abuela Anita, que tanto la quería, y que le enseñó a cocinar, a hacer queques, a confeccionar el pan y hasta a coser sus propias cortinas.
Entonces el tenedor danzaba la ronda interminable de la vueltas de la vida y ella concentrada, casi absorta, sin bulla, sin niños, sin ollas que mirar, sin camas que estirar, sin el “chancho” que limpiar, aprovechaba ese silencio para sus Rosarios diarios, dándole vueltas y observando los círculos y óvalos que dibujaba con su tenedor entre la yema y el aceite, imaginando galaxias amarillas, estrellas y nebulosas que agitadas se movían en el firmamento de sus sueños y de su mano, dándole a esa arremolinada mezcla, sabores de polvos de estrellas y caminos de lunas, que cantaba balbuceando casi en sordina, y tarareando silenciosamente para no despertar los crueles demonios de las yemas que al verse descubiertas destruían su danza armónica cremosa y cambiaban sus esencias a débiles y aguachentas espumas aceitosas. A veces el cansancio la hacía agitar sus hombros para no acalambrarse, y no se daba cuenta que la mirábamos oculto desde la ventana y captábamos la melancolía de su mirada , que entre giros de tenedor y aceite, dejaban escapar alguna lágrima pequeña sin saber si de alegría o de tristeza, pero que la llevaban en sus recuerdos a su dura, sacrificada, pero feliz infancia, y a las nostalgias de su familia y madre ausente y lejana allá en la capital, limpiándose las lágrimas cuidadosamente con un gran pañuelo de seda, para no mezclarlas con el aceite y entre tantas vueltas, recuerdos, galaxias y nubarrones celestiales, en menos de media hora, el volumen del plato sobrepasaba el círculo verde que marcaba su máxima capacidad y lentamente iba deteniendo su impulso, y dejando de a poco su constante girar, hasta detener silenciosamente su trabajo y comenzaba la tarea lenta del ajo, la sal y el limón, girando ya más tranquila y relajada la ya cremosa materia, con esa paz que le daba hacer su buena, y su “mejor” mayonesa.
En otras ocasiones, en medio de la bulla de nuestros juegos, ella nos hacía callar, y entre tanto girar la mezcla, de pronto se detenía abruptamente y gritaba impotente y enojada:
* ¡¡ Se me cortó la mayonesa. Ustedes tienen la culpa!!”
Y nosotros que ignorábamos esos lenguajes de cocina, y para ser conciliadores buscábamos los trozos de la mayonesa que suponíamos cortada a pedazos entre medio de las sillas y entonces nos lanzaba con un nuevo grito a que fuéramos a jugar un rato a la calle, y volvía a comenzar con nuevos ingredientes una nueva mayonesa, hasta cuando ya tenía su mezcla casi lista, volvía lentamente a echar sobre aquella, esa espumosa mezcla de mayonesa cortada, así entonces iba salvando la vieja mayonesa y convirtiendo todo en un mágico bálsamo amarillo, sonriendo, al final, satisfecha de su ingenio de cocinera.
Terminada su tarea, nos convocaba a la mesa del almuerzo.
Algunas veces papá podía estar con nosotros, otras no. Cuando así era, compartíamos las crujientes marraquetas pampinas, cortadas en la panera, las que con gusto y satisfacción, nos llenaban la boca de deliciosos y aromáticos jugos cremosos de la rica mayonesa, hasta hacíamos un sorteo: El primero que se comiera su plato de comida, limpiaba el plato de la mayonesa con deliciosas migas de pan, dejándolo reluciente y limpio, sin quedar en él partículas de aceite, huevos, limón o sal y ajo. Daba gusto rezar esos días, la oración del Padrenuestro, pidiendo que “el pan nuestro de cada día”, fuera siempre así: crujiente y con esa rica mayonesa.
¡Ah!, ni decir de lo delicioso, hasta hoy, las papas cocidas o fritas con mayonesa. Los “locos” traídos desde el puerto de Tocopilla con mayonesa; Perejil y salsa verde, con mayonesa. Huevos duros con mayonesa, y siempre había esa mezcla para regalarnos esos sabores tan de sus manos que nos acompañaron en las mejores y humildes comidas, porque pareciera que esa crema mejoraba todo, las sopas de lenteja, las sopas de porotos, la sopas de garbanzo, el puré de papas, el pan del té de las 5 en punto, la ”once”, con pan con aceitunas….y mayonesa..o el resto del pollo fiambre, molido, con un poco de sal….y mayonesa…¡¡Ay Dios!!
Cuántas cosas nos alimentaron con esa fresca y refrescante crema de los dioses que mamá (y las madres de los niños pampinos) nos preparaba, y jamás nadie se enfermó de “salmonella” ni nadie tuvo que correr de carreritas al baño, porque la que ella hacia estaba llena de amor, de caridad, de oraciones, y hasta parecía nuestra comunión del almuerzo pues con tantos padrenuestros y aves marías no había mejor sabor que esa exquisita mayonesa.
Mañana celebramos el Día de las Madres, de todas esa esforzadas mujeres y madres pampinas que nos regalaron tanto amor y tanta vida.
Estaremos unidos los mismos de ayer en cada hogar, a pesar de la pandemia, deseosos de compartir un pan, una taza de té pampino y una tertulia de conversa y de recuerdos.
Mañana será propicio en la sencillez de los encierros de la “Cuarentena” obligada, aprovisionarse de algunas marraquetas crujientes, un buen plato de aceitunas, quizás unos canapés de huevos”, o de “paté de ternera”, adornados con trozos cuadrados de zanahorias cocidas y ojalá, como un homenaje a nuestras esforzadas madres, sentarnos en la tranquilidad de la tarde, con la televisión apagada, para dibujar en círculos o en elipses, las dos sagradas yemas, vertiendo el aceite lentamente, hasta conformar esa pasta maravillosa, llena de estrellas , nebulosas o galaxias amarillas, y que nos traerán el sabor de nuestra amada infancia, que fue tan simple, tan delicada y tan noble, como esa rica y amarilla masa de crema de sueños que confeccionó mi madre, sus madres, y nuestras amadas madres: la más rica, única, verdadera y deliciosa mayonesa.
Homenaje a nuestras Madres Pampinas
La bestia del desierto
La carretera se extendía recta como una alargada e interminable lanza hacia la profundidad del camino, el sol, menos ardiente que en la jornada de la tarde, caía poco a poco entre los cerros del poniente, dando sus rayos el efecto de un paisaje de colores a esa parte del desierto marcando el inicio del crepúsculo.
El “rucio” Garcia, era chofer de experiencia, varias horas de “vuelo” en el “ranking”. Formado en rudas faenas mineras, comenzó limpiando camionetas, entre huaipes, franelas y cueros de “ante” en el garaje, pasando en breve tiempo a cumplir el rol de “oficial mecánico”, aprovechando oportunidades que, generosamente brindaban los jefes de la empresa, a quienes demostraban espíritu de superación y voluntad de aprendizaje. Su condición de obrero, lo hacía un hombre solidario y compasivo. Atento a un buen consejo a los jóvenes que comenzaban su vida laboral entre aceites, motores y ruidosos compresores. Era feliz, considerado por quienes le mandaban y, sobretodo, buen compañero, gran amigo. Nunca sentía envidia por que otros alcanzaran mejores metas, al contrario, se alegraba. De sonrisa afable. Ocupaban su vida, su mujer y sus hijos. No faltaban los que por allí le cuestionaban ser demasiado “apegado” a su familia, lo motejaban cariñosamente como “yunito”, por ser faldero y “mandoneado”, (decían los infaltables mal hablados) por su esposa, evitando en lo posible esas tardes de juerga y de cervezas.
Esa tarde estaba cansado. Acostumbrado a recorrer, hasta tres veces en el día esa ruta, en jornadas de agotadora labor, motivado únicamente por los beneficios económicos de las horas extras del “sobretiempo”, que pagaban en la oficina salitrera. Mantener seis críos y la “iñora”, eran motivos suficientes para someterse a tanto sacrificio y no había otra mejor posibilidad en “cartelera”.
El paisaje hermoso y desolado que se reflejaba en las verdes pupilas del chofer y el canto del silencio en los recuerdos de su mente, unido al monótono compás del motor que se desplazaba en esa carretera, hacían aflorar en su voluntad la necesidad humana de un breve descanso.
No era su costumbre detener su marcha. El Chevrolet Biscayne confiado a su responsabilidad era su herramienta de trabajo. Un accidente, por cansancio sería de una irresponsabilidad extrema.
Las luces altas iluminaban las líneas intermitentes marcadas en la acera, y de vez en cuando algún compañero de ruta pasaba haciendo señales con un respetuoso y cordial cambio de luces, dando paso luego, a la soledad profunda con figuras calichosas y siluetas engañosas. Todo un aire de sepulcros a la noche.
Con mirada escudriñadora, bajando un tanto la cortina de los párpados por una sensación de sueño extremo, decidió, abandonar un rato la carretera.
Cerca de la abandonada oficina “Chacabuco”, encontró un camino secundario, de esos que abundan en direcciones a lugares de faena. Exento de cualquier temor, con la confianza de encontrarse en terrenos muchas veces recorrido. Detuvo la marcha, inclinó su cabeza y cerrando sus ojos de cansancio se dio a la tarea de un “reparador” descanso., sin antes recitar, un breve Ave María, que se extinguió sin terminar en sus sonrientes labios.
Sabe solo Dios de los insondables caminos que recorre la mente en los túneles interminables de los sueños.
¿Realidad? ¿Ficción?, ¿Cansancio?
El Rucio no supo explicar aquello.
El Chevrolet comenzó de pronto a saltar, a agitarse como herido estertorosamente, a brincar como una pelota de básquetbol, boteando entre sus cuatro neumáticos. El “rucio” se sintió a bordo de una rueda del parque de juegos de su infancia. Afloraban recuerdos de agitados “manteos” de sus recreos escolares. Se vio bajando desde el cerro “rajado” en carros de madera confeccionados con cuatro rodamientos, tirando de la rienda a modo de volante, sintiendo la caía dolorosa en el término de su loca carrera, enredado entre cuerdas, palos y golpes en la berma, natural reacción a la sensación que experimentaba en ese instante.
De pronto su mirada se tornó indescriptible.
La noche que era estrellada hasta ese instante se tornó una película terrorífica, con una polvareda o niebla que rodeaba el vehículo. Golpes que lo sacaron abruptamente de un aletargado sueño, saltos desesperados articulando con dolorosas maniobras el cuerpo, procurando cerrar los seguros interiores, mientras desde el parabrisa resbalaban unas manos monstruosas, de uñas largas, y una bestia, quizás mitad hombre, pero ciertamente con rostro de perro, abría sus hambrientas fauces, escupiendo entre su lengua un líquido baboso y amarillo que opacaba la visión por los cristales. Fue una tormentosa hora, quizás un siglo, tal vez sólo un minuto ….No lo supo, nunca lo supo…. Accionó la llave colocada en el contacto, y la marcha en la palanca lateral del volante y arrancó, arrancó, arrancó acelerando desesperadamente por la ruta nocturna solitaria, mientras la bestia de la pampa emitía guturales y alardeantes o desgarradores quejidos.
Una alta cuota de adrenalina y un interminable rosario de avemarías le acompañaron en la loca carrera del regreso por el desierto.
|Las luces de María Elena le daban una cuota de confianza. El “rucio” llegó callado, pálido, nervioso. Una profusa indigestión le humedeció sus intimidades. Lavó el auto, extrañamente, a medianoche, incómodo por la sensación desagradable y mal oliente de su humano traspié, resultado inevitable de su colon irritable.
Dejó el auto brillante, sacó a uña las viscosidades amarillentas y fétidas pegadas en el parabrisas, ante la sorpresa e incredulidad del jefe de turno.
Luego, terminada la faena, se encaminó por las calles, cerca de la estación para llegar a su casa asignada con el inconfundible "94" de Luis Acevedo.
Una ducha fría le refrescó y aseó sus delicadas intimidades. Todos dormían. Se acostó en silencio, casi en la esquina del lecho, sin hacer ruidos. No fue posible conciliar el sueño durante toda la noche. Los ojos pegados a la blanca pintura del cielo interior de la alcoba.
Al día siguiente, los rumores de una matanza de gallinas, chanchos y hasta un burro, en los corrales del “Cuchillón”, corrieron como reguero por las pulperías, la plaza y las faenas.
Después de treinta años, el rucio lee el diario "La Estrella" del norte" con sus grandes titulares: “Nuevas correrías del “chupacabras” y sigue en silencio la lectura.
Los nietos que le acompañan a la hora del almuerzo, comentan entre risas: - Son tonteras. Ese animal casi mitológico no existe. Es la prensa, la gente. Son sencillamente perros.-
Un vaso de áspero vino tinto remoja la sequedad de su garganta. Sus lindos ojos verdes, emiten un especial brillo. Traga en silencio y al “seco” un nuevo sorbo y un nerviosismo le recorre con escalofríos su cuerpo y el recuerdo le inquieta la conciencia y el alma…
UN GRAN REGALO DE VIDA
¡¡Que regalo de vida fue Don Ernesto Olivares para los pampinos!!
Esta crónica sencilla, de quien es iletrado y que no tiene ningún mérito para “creerse” recopilador de historias, está escrita con la pluma del alma, con ese sentimiento que fluye desde los torrentes de las cansadas venas que aun irrigan sangre de vida el cuerpo, y que conectan las memorias acumuladas en la mente con los más bellos recuerdos de nuestra infancia pampina en nuestro mejor paraíso terrenal: “ María Elena”, y que solo entienden los que vivieron allí o los que fueron hijos adoptivos de esa “Madre del Salitre”, que acogió a tantos miles de personas, pasajeras o estables, circunstanciales o momentáneas, pero que lograron, venciendo primeramente las adaptaciones naturales del cuerpo y la mente del duro clima desértico e inhóspito de la zona, integrarse luego a esas calles eternas de veredas polvorientas y escenarios del desierto, donde el trabajo fue la perenne preocupación de nuestros padres, y donde sus habitantes, al superar los duros obstáculos iniciales de la adaptación inicial, lograron vencerse asimismo y sentirse definitivamente pampinos, hijos del rigor, del sacrificio y de las eternas alegrías que nos acompañaron, dejando bajo esa capa de la paz, algunas inesperadas o dolorosas y hasta olvidadas tristezas.
En mis recuerdos de niño, en esas noches de convulsiones y altos estados febriles, cuando mi padre rezaba el Santo Rosario, aferrado como única esperanza ante la imagen de la Virgen de Lourdes de nuestra cómoda cajonera pampina fabricada en la carpintería, y porque no sabía hacer otra cosas que no fuera rezar aparte de conducir, mi madre como todas las heroínas que fueron nuestras madres, en medio de la cama del pequeño cuarto, afirmaba con fuerza y entereza mis saltos y tercianas convulsivas originados por la alta fiebre que consumía mi cuerpo de niño enfermo, y entonces surgía la llamada no equivocada y esperanzadora de:
- Hay que llamar a Don Ernesto al hospital, y atravesando mi padre las calles aledañas, desde el pasaje Orella, conseguir el único fono del barrio disponible y solo para emergencias, para que en pocos minutos, llegara el furgón blanco ambulancia del Hospital, y ya mi cuerpo que solo veía sombras alargadas y estériles en esa oscuridad que vi en muchas noches de alta fiebre cercano a la muerte, oía la voz lejana del “ángel de blanco” que llegaba con su cajita plateada con elementos de inyecciones, para indicar después del tacto en la frente cubierta de papas con sal, para mitigar el calor corporal, y de inmediato recetaba escueto:
- ¡Penicilina! urgente.
Volteado con las nalgas al aire entregado al fondo de las sábanas tibias y húmedas de sudor, la mano ágil y silenciosa del ángel de blanco, inoculaba el medicamento salvador con delicadeza extrema, y antes de asegurarse la limpieza de la zona con alcohol puro, rotando en círculos alrededor del lugar de la inyección, una pequeña gaza con tela adhesiva, de esa que se pegaba profundamente y que hasta en las semanas siguientes y ya recuperado, aún se adhería con fuerza a la zona afectada, hablaba entonces el ángel de blanco y recomendaba:
-Mucho líquido, cama y reposo….
Y se retiraba, con su serenidad de enviado de Dios, con su traje elegante y albo de “Practicante”, con su caja y enseres brillantes con color de plata, y sus zapatones pulcramente blancos se desplazaban con paso seguro por el piso de madera de la salita de entrada, hasta alcanzar el asiento delantero de la ambulancia y retirarse a un nuevo llamado en esas largas y tediosas tareas diurnas y/o nocturnas de esos servidores de la salud de nuestros hospitales pampinos, en los que entregaban todo su servicio, vocación y experiencia, no solamente nuestro querido Señor Ernesto Olivares, sino los recordados practicantes de entonces como los Sres. Soria, Mercado, Félix Ovalle y tantos otros, y que tenían casi título de “médicos del pueblo”, pues se manejaban con gran conocimiento en todos los diagnósticos que su trabajo les enseñaba en esa “Universidad de la vida” con tantos enfermos afectados, tratados y sanados cada día.
Hoy fue un día de esos en que las lágrimas se acumulan en el corazón y afloran como ríos incontenibles de tristezas, porque esto que les cuento, ya es un rica historia de un gran tiempo transcurrido y aproximado a más de sesenta y cinco años, y aunque la mente guardó el recuerdo, y los tiempos se fueron cabalgando en los llanos de la vida de cada cual, quizá el injusto olvido o preocupación, nos nubló en tener la oportunidad de reconocer esos actos heroicos de los practicantes pampinos de ayer y entre ellos el inolvidable Ernestito Olivares.
Don Ernesto hizo una vida ejemplar de familia junto a su esposa y sus hijos Ernesto Alejandro y Rosita Ema, que fueron su mayor preocupación y orgullo en esos tiempos. Siempre educados, brillantes, acicalados y con ese amor inconfundible de padres preocupados por sus pequeños. Vimos parte de su evolución y desarrollo, siempre respetuosos y educados. La mejor "herencia" de sus padres.
Guardamos de él los mejores recuerdos, su caballerosidad como herramienta de respeto, su abnegación como resultado de su vocación de servir en su trabajo, su seriedad en el sentido de transformar su experiencia en acertados diagnósticos, avalados siempre por ese equipo de médicos que confiaban plenamente en sus capacidades, su generosidad, ejemplo de paternidad, esposo ejemplar; un hombre dedicado a su familia en forma integral y a quien fue el gran amor de su vida su amada esposa, que partió antes al encuentro con el Padre y que él acompañó en estos noventa y nueve largos años de vida, rodeado del amor de sus hijos, sus nietos, sus bisnietos y todos los que hacen de este excepcional grupo familiar una red que se extiende desde un tronco único de origen y que lleva impregnado en sus propias personalidades, las bondades, generosidad y alma pampina de todos quienes surgieron de ese tronco de los Olivares – Contreras y todos quienes siguen esa tradición de unión, hermandad unidos por esas raíces que se extienden como ramas con incontables familias, pero que todas ellas se unen en los mismos valores impregnados por el “patriarca” honesto, servicial y comprometido que fue don Ernesto Olivares. No en vano la Ilustre Municipalidad de María Elena, a través de su Alcalde Sr. Norambuena, le reconociera ese amor de todas las familias pampinas que conocieron a Don Ernesto, otorgándole el no menos preciado título de “HIJO ILUSTRE DE MARIA ELENA”, lo que llena de orgullo a los cientos de hogares y miles de personas que alguna vez se vieron favorecidos por el trabajo honesto y servicial del Don Ernesto, el sencillo “Practicante”, el hombre que vestía de blanco como ángel, pulcro, sin mancha , y que entregaba toda su bondad y sabiduría a padres e hijos de los pampinos de ayer, que confiaron en sus manos, en su amor y en ese servicio no exento de cansancios o sinsabores y de dolores que son parte de nuestra naturaleza humana pero que se superan con compromiso y decisión de servir.
Rogamos a través de estas sencillas palabras al Señor de las Alturas, un eterno descanso por su alma, la que estará unida desde hoy a su amada esposa en ese lugar en que alguna vez nos estrecharemos como hermanos y amigos pampinos de toda la vida.
Hoy en la despedida su nieta Rossina, nos calmaba las tristezas con esa canción que gustó y bailó tanta veces Don Ernesto con su amada esposa y hasta con sus nietas y familia y que hoy junto a las notas inolvidables del “Trio Los Panchos”, se mezclaron en nuestros abrazos, en nuestra piel, en nuestras manos unidad a su espíritu, en nuestra lágrimas salobres pero dulces del homenaje y en todo lo que logramos vivir en su despedida tan íntima, tan sobria, sencilla, pero llena de cariño y de muestras de agradecimiento y valor por su vida y por todo lo que nos regaló de su personalidad para con todos nosotros, por lo que solamente pudimos decirle: ¡Don Ernesto: Gracias por todo!
Los pampinos somos así, sencillos, llenos de sentimientos, expresamos lo que sentimos, nos hermanamos en el dolor, nos unimos en la desgracia, lloramos en las tristes y obligadas ausencias y nos alegramos en los momentos que la vida nos ofrece esta posibilidad de compartir nuestro sentir con las personas que son la continuidad de esa verdadera elite de los “Olivares”, que seguirán brillando porque son gente de bien, de valores, de crianza sacrificada y lleno de esa herencia de amor y servicio que le legron quienes dieron origen a esa familia pampina inolvidable y que hoy despedimos convencidos que estará siempre en nuestros corazones y recuerdos.
En el corolario final, entonamos en el silencio de nuestras almas su canción, la que fue su favorita y la que le acompañará y nos acompañará en lo que nos queda de vida en este mundo……
Sin ti
No podré vivir jamás
Y pensar que nunca más
Estarás junto a mí
Sin ti
Que me puede ya importar
Si lo que me hace llorar
Está lejos de aquí
Sin ti
No hay clemencia en mi dolor
La esperanza de mi amor
Te la lleves por fin
Sin ti
Es inútil vivir
Como inútil será
El quererte olvidar
Sin ti
No podré vivir jamás
Y pensar que nunca más
Estarás junto a mí
Sin ti
Que me puede ya importar
Si lo que me hace llorar
Está lejos de aquí
Sin ti
No hay clemencia en mi dolor
La esperanza de mi amor
Te la lleves por fin
Sin ti
Es inútil vivir
Como inútil será
El quererte olvidar
Descanse en paz Don Ernesto Olivares junto a su amada esposa Mignaloy Contreras Castillo.
La casa del gigante
En esa larga calle Prat, que sube cercana a la estación hacia la pulpería de María Elena y se pierde allá en los lejanos páramos cercanos a la piscina, en una vivienda desocupada, donde algunos años después vivió la familia Ossandón - Bueno, estuvimos esa tarde de niños jugando en la vereda y tratando de encaramarnos a las historias que se escribían entre los fierros enrejados de esas sucias ventanas, entrelazando los dedos por los cuadrados metálicos que nos servían de apoyo para no caernos, mientras nuestros pies se tambaleaban desde el ruidoso y pesado tarro de basuras, puesto al revés, que nos servía de escala para otear al interior y descubrir lo que nos habían dicho los amigos “más grandes” de la corrida de Luis Acevedo: Allí dormía un gigante.
Tratando de mirar lo mejor posible en la incomodidad de nuestro observatorio, se divisaban claramente las imágenes un poco fantasmales por el polvo que opacaba el brillo y transparencia de los vidrios, de esas largas y voluminosas piernas y brazos extensos, que reposaban inertes, acostados por toda esa sala y parte de las dependencias contiguas, ocupando estrechamente casi toda esa morada.
De verdad que descubrimos, subidos sobre el lomo del mal oliente tambor con orejas que arrastramos bulliciosos desde el callejón por la vereda, para investigar el misterioso habitante de esa casa y que era en verdad, un tremendo gigante.
La ignorancia de encontrarnos con algo desconocido o sorpresivo, marcaban las preocupaciones del momento y aceleraban el ritmo de nuestra nerviosa respiración y hablando en voz muy baja, para no despertar al fantasma dormido, lográbamos con dificultad reconocer en todos los rincones de la dependencia, ese inmenso gigante dormilón que permanecía desmembrado en varias partes ocupando diversas habitaciones.
Su gigantesca cabeza acomodada en el patio de esa vivienda nos observaba, muy atento, con esos ojos gigantescos que nos clavaban las pupilas y ya la preocupación se transformaba en un miedo que corría silencioso y tibio rodando en gotas que se enfriaban rápidamente por la espalda y que humedecían nuestras frentes nerviosas y empolvadas.
Efectivamente. Allí estaba el cuerpo y las articulaciones del gigante que en alguna velada anterior, miramos un tanto dormidos, tocando el inmenso y descomunal piano en ese espectáculo único que apreciamos muy poco como niños y que nuestros padres disfrutaron en ese inolvidable clásico universitario de los alumnos de la U.T.E., y que se desarrolló en una calurosa noche estival de un mes de febrero del año 1960, (hace 65 años atrás), en el repleto estadio de fútbol de María Elena.
Un hombre gigante que cobraba vida, y que se articulaba con manos humanas a través de enmarañadas cuerdas, sin tecnología, a pulso, o a “puro ñeque”, y que movía su cabeza y dejaba caer sus pesadas manos sobre el teclado de ese inmenso piano por donde nos quedamos enredados en las cuerdas misteriosas que sonaban armoniosas por la bocinas parlantes, en una grabación clara que nos transportaba en esas mágicas escenas a nuestros propios sueños infantiles.
Tenía yo, seis años de corta vida.
Nunca supe cuál fue la trama completa, pero el gigante era omnipotente y estaba “vivo”; inmenso como esos fantasmas nocturnos que se alargaban en las noches del sueño febril permitiéndonos creer que alguna vez alcanzaríamos su impresionante estatura.
Esa tarde de juegos, de investigación y curiosidad de niños, subidos en el maloliente tarro basurero, mirando embelesados por las hendijas de las ventanas y agarrados de los cuadrados metálicos de las rejas, con nuestras manos y caras sucias de polvo y sudor, lo sorprendimos durmiendo y cercenado por partes, en esa casa desocupada de la calle Prat y oteábamos con el Nano Gatica, temerosos de que en cualquier momento el gigante cobrara vida y saliera tras nosotros en franca persecución sin ninguna posibilidad de ser los vencedores en la desigual afrenta y el pánico entonces se apoderaba de nuestras inquietas e inocentes miradas y los latidos del corazón de niños se aceleraba en un álgido ritmo involuntario.
Allí vivía el gigante, desarmado para dormir tranquilo en esas calurosas tardes. Nunca conocimos en detalles su historia y si bien la vivimos en esa noche de música, de “salnatrones” y de fuegos de artificio que pintaron de colores y luz la oscuridad del nocturno escenario del estadio, sólo recuerdo haberme quedado dormido en los brazos de mi padre mirado las gigantescas manos que tocaban a golpes suaves el teclado del inmenso piano.
Después de visitarlo furtivamente y temerosos en su casa de la calle Prat donde pernoctaba esperando ser llevado a otras oficinas, supe que se llamaba “COCOLICHE”, y nadie me ha explicado bien hasta hoy su magnífica historia.
Esa casa de la calle Prat N° 46, y que se perdía a lo lejos pasando por la Pulpería de María Elena, donde vivió alguna vez el “Cachorrito” Ossandón y su hermana María, José y Hugo, era, fue y será siempre en mis recuerdos la “Casa del Gigante” de la pampa.
(Carlos Garcia Banda. Verano del 2006)
Maestras…
Todos tuvimos esa dulce maestra de “básica” que nos conquistó el corazón el primer día de clases. En la inocencia de esa edad, fueron ellas el gran amor de nuestras vidas.
Bastaba oírlas dictar sus lecciones y enseñarnos las páginas del libro amarillo que traían esos cuentos de “Lalo, loa a la luna” en el silabario LEA con que aprendimos a leer.
Esas profesoras eran nuestros ángeles. Nos escuchaban y regalaban paciencia y dulzura en medio de lo tanto que nos costaba aprender las lecciones y fueron abriendo cerradas ventanas de oscuridad de la ignorancia, a esas luces que fueron el conocimiento y descubrimos con esos signos extraños de las letras, los nombres de sol, luna y estrellas, conocer los continentes, los océanos y conjugar con esas letras aprendidas, las más bellas palabras que leyeron nuestros ojos: AMOR DE MAESTRAS.
Ellas pudieron ser:
Mechana, Celeste, Aurelia, Rosita, Ketty, Estelvina, Irma, Yolanda, Lucy, Irene, Viera, Patricia, Juana, Isolina, Nora, Kaleope, Grimaldina, Uberlinda, Eva, Nelly, Mirta, Juana, Leontina, Marta, Anita, Silvia, Orietta,y tantas otras…
Todas tenían el alma de “Gabriela”, coronadas en el corazón como “nuestras” reinas….
Maestras de la luz, del saber, de la paciencia del amor abrazando su vocación de servir y entregar su vida y juventud en esos difíciles tiempos de la Escuela.
Heroínas sin capa ni espadas, con manos albas y uñas “pintadas” de polvo de tizas y pulcras y finas en sus anotaciones en los libros de la Clase.
Cada día extrañamos a nuestras Maestras, prolongación de nuestras madres en esas tardes calurosas de juegos y campanas.
Gracias a todas en el recuerdo eterno de las memorias pampinas…..
Y también a nuestros profesores varones, en especial en esos días de Marzo en que recordamos la campana llamándonos a nuestros días de Escuela ….
Una especia de “chicle” de satisfacción
Lo he rumiado, sentido, palpado, disfrutado y masticado desde el jueves el “chicle” de la simpatía, del entretenimiento, y del justo reconocimiento a quienes hicieron posible la “Semana del Salitre”, sueño que nunca pensé que alcanzara los ribetes de la hermosa realidad vivida, con toda la problemática que significa el liderar estos grupos humanos en que a veces, “el que se compromete, en líos se mete”, pero debo decir con humildad, que lo lograron, lo pensaron, lo maduraron, lo masticaron al igual que la sensación que tengo de lo obrado, y lo llevaron a cabo…..¡¡¡ESE ES EL MÁS GRANDE REGALO DE LA SATISFACCIÓN!! que da el deber cumplido, sin pedir nada a cambio, solamente por el gusto de haberlo intentado.
Sinceramente, han dado un gran ejemplo, que nos obliga solo a seguir disfrutando de esta sensación tan especial de la “goma de mascar”, y de ir repitiendo en la mente y el corazón los ribetes y pormenores, que aún no dejan de tener sabor, elasticidad, dulce satisfacción y que calma la ansiedad en medio de todo lo que ustedes hicieron y crearon, como un gran regalo para nuestras cultura pampina.
Sin duda que se suman a esta especie de gratitud, a quienes hicieron posible con su apoyo, la materialización de este objetivo planteado por sus organizadores: Soquimich, El Mercurio de Antofagasta, Fundación Ruinas de Huanchaca, Amigos de Pedro de Valdivia, Adultos Mayores y tantas personas que involuntariamente se me puedan escapar.
Gracias. Muchas gracias, en especial a quien demuestra con su entusiasmo su cariño a la pampa, Don Jorge Alvarez y equipos organizadores por sus esfuerzos. Todos se llevan de nosotros, los espectadores lejanos, el premio mayor al “liderazgo pampino” , por que debemos ser honestos: “Al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios…”.
Si no existieran hombres y mujeres “locomotoras”, persistentes, fuertes, con ansias, con deseos y voluntad, nunca los carros avanzarían por las líneas trazadas, y eso abre puertas de esperanzas para futuros eventos y encuentros pampinos. Todo fue posible gracias a quienes mueven esta Agrupación de “Vivencias de la Pampa”, que si bien funciona con voluntarios a toda prueba y con hombres y mujeres que nos enorgullecen, su constancia, exigencia sutil pero exigencia al fin y al cabo, con una humildad extrema y espíritu de servicio, no hubiera sido posible dar vida a ese anhelado sueño.
Estoy aún “masticando”, pero en el fondo quiero decir disfrutando de la satisfacción de lo vivido a la distancia por temas de salud. Pero allí están los testimonios fotográficos, fotos, reportajes, videos, satisfacciones expresadas por tantos ciudadanos que nunca en la vida pensaron que alguna vez les reconocerían sus méritos “en vida”, y que con esa característica sencillez del pampino, sintieron emoción humana y satisfacción plena. Veo a actores de todas las corrientes, que abrieron su mente y corazón por el puro interés de un bien superior y común, se observa en sus actos la alegría de servir, de haber trabajado en común unión con quienes hicieron que el financiamiento, el viaje, la presentación, los espacios, los detalles, que son lo que hacen grandes las acciones, sin duda que sobrepasaron y superaron todos los límites que pudieran haberse imaginado en este inmenso desafío que contó con un gran universo de personas, ligadas al sentimiento de amor a la pampa, a la historia escrita por nuestros padres, nuestros abuelos, nuestras generaciones y esas que aun viven en ese paraíso pampino el cual si bien pudiera ser un tanto diferente por la época, nos unen a su pasado las miles de historias escritas y vividas, cada cual en su, propio tiempo.
La magia estuvo en eso, en las exposiciones, en las personas que entregaron su tiempo, su arte y su voluntad, en todos los detalles que muchas veces no alcanzamos a vislumbrar porque somos tan humanos e imperfectos pero, que mirando desde la perspectiva personal, fue distinto y real, nos regalaron muchas emociones, muchas alegrías, muchas satisfacciones, y es la muestra más grande del sacrificio que pudieran hacer las personas que amaron, aman y amarán las vivencias pampinas.
Gracias a todos , desde esta tribuna silenciosa, aún disfrutando la alegría de esa semana de grandes emociones, solamente rendir un homenaje con la misma humildad de quienes fueron sus protagonistas, es decir “Todos ustedes”, y decirles: ¡¡Gracias por tanto!!, sin el valor de la entrega de esos hombres y mujeres que lideran esta agrupación, sencillamente nos llenamos de una emoción que no tiene límites.
Hoy todo será historia del mañana, pero no dejen de disfrutar, no dejen de ”saborear” lo vivido, tienen todo un año por delante para seguir planificando futuras acciones que vayan haciendo que las personas despierten a ese sentimiento de cultura pampina que nos hacen tan distintos, motivados por ese amor a la familia, a todo eso que nos falta tanto hoy en la sociedad chilena, el compromiso por las cosas que nos unen y los sentimientos comunes de amor a lo nuestro, y en eso la semana pampina vivida, unió sentimientos, personas y características distintas y todos podemos sentir que estuvimos unidos por un sentimiento de altruismo, de amor, de servicio y de voluntad de ser útiles y en especial de los recuerdos que nos regalan hoy vida, nostalgias y sano orgullo de ser parte de eso que entendemos solamente los que hemos vivido y conocido esa sociedad distinta, llena de sacrificio, amor y entrega , que nos acogió en esa bendita pampa salitrera. .
Gracias por tanto y aunque ya todo es pasado, siempre existe la posibilidad de desarrollar lo que mejor saben hacer ustedes en el futuro. ¡¡Muchas Gracias!!
Con mucho respeto agradezco a ustedes todo lo obrado en la "Semana del Salitre" vivida recientemente y que nos llenaron de recuerdos y satisfacciones..Muchas Gracias Don Jorge.
El “JOHN KENEDDY”
(Carlos García Banda)
Hay tantos personajes famosos de nuestra pampa salitrera y que fueron nuestros héroes de la niñez; quizás en mis recuerdos haya muchos otros nombres grabados con sus historia simples y sencillas, como lo era todo en la pampa, pero esta pequeña historia, puede que algunos la hayan vivido o la hayan experimentado y que duerma en sus recuerdos. Como no tengo “memoria” de elefante, puede que la podamos reconstruir entre todos, puesto que para mí hay algunos fragmentos olvidados, pero no así la esencia heroica de este alumno de la Escuela Consolidada, uno de los hijos menores del matrimonio Cancino, que vivían por allí por nuestra calle Luis Acevedo, más apegaditos a la estación y que tenía un hermano mayor, que era como el más serio de ”los Cancino”.
Esa familia era muy piadosa y ambos padres, se dedicaba en esas pocas horas del descanso y del hogar, con gran dedicación y entrega, a las actividades de la Parroquia “San Rafael” con un gran impulso y compromiso adquirido voluntariamente, y que unían sus espíritus, bondad y generoso servicio, tal cual lo hacían otros grupos numerosos de familias como lo fueron los Nef, los Calderón, los Yupanqui, los Salinas, los Rojas con la Sra. Isolina a la cabeza, los Valencia, Alfonso Espinoza, los Pizarro con Dn. Enrique y la Sra. Olga, los Ramos, los Rodríguez, los Valdés,y tantos hombres y mujeres que nos dieron ejemplos de sus vidas al servicio de la Evangelización, comprometidos en tareas de catequistas, guías de matrimonios, Cursillistas, JOC, (Juventud Obrera Católica), y que lo dieron todo desinteresadamente para la gran obra del Señor.
Por mi edad de aquellos años, veía ocasionalmente al “John Kennedy” “subir” desde el fondo de la calle Acevedo, muy cercano la Estación, con su invariable e impecable camisa blanca y su pelo colorín y una hermosa sonrisa alba, tenía un gran parecido, hasta en la forma de su cabeza y corte de cabello y peinado al entonces Presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, y tengo la memoria clarísima de ese joven, caminando rápidamente hacia la plaza, pues era muy entusiasta para caminar y no sé si habrá pertenecido a la Academia de Gimnasia Cuadro Blanco por sus características físicas y atléticas, pero que lo hacían todo un personaje importante a nuestra mirada de niños en mi barrio; vivía cercano a los “Miño”, que también eran una familia muy ligada a la iglesia, y en esa misma acera, los Vargas, cuyos padres eran de misa diaria y servicio permanente a la Parroquia.
Recuerdo un importante acto desarrollado frente a la Escuela Consolidada, tiene que haber sido un homenaje a algún héroe de algún acto de la efeméride nacional, o me atrevería a decir, que era toda una celebración exclusiva por la Independencia Nacional, pues se realizó en el monolito dedicado a la Independencia de Chile y no en el tradicional Busto a OHiggins, que daba a la avenida principal de la plaza.
La Banda Instrumental bajo la siempre disciplinada “batuta” del querido Maestro Don Florencio Guardia, después de los saludos protocolares del locutor de la ceremonia al cuerpo de profesores y autoridades presente, iniciaba con sus inconfundibles sones marciales, el Himno Nacional, el que era siempre bien coreado y con gran entusiasmo por nosotros, los estudiantes, y entonces había un par de alumnos que se habían preparado convenientemente, con guantes blancos, y su mejor tenida de escuela, para lo que era sin duda la más importante acción del acto patriótico cultural de celebración: El Izamiento de nuestro bello emblema nacional.
Los protocolos de estos actos, eran muy estrictos para nosotros los estudiantes; siempre fuimos bien educados y guiados en el respeto a nuestros símbolos patrios, en especial el reconocimiento a nuestros valores de la historia, y el inmenso amor a Chile, representado por la sagrada e insigne bandera tricolor y a ella, de verdad, le rendíamos un hermoso culto de respeto por lo que representa, y cuando cantábamos el himno patrio, era la efervescencia sanguínea de grandes emociones las que sellaba todos los rincones de esos cursos que formados en ordenadas filas, con sus profesores encabezando las pequeñas columnas de los cursos, queríamos gritar a todo pulmón, con nuestro canto de voces blancas, que sentíamos en lo profundo del corazón, ese gran orgullo y amor a nuestra patria, representada a través de la tricolor bandera.
Mirábamos con gran orgullo lo que acontecía en la tribuna frente a nuestros ojos, dando inicio al acto desde el inicio del himno, observando el alto mástil enhiesto frente a la escuela y ubicado en un monolito en la vereda superior de la plaza, donde se desplazaría la bandera ceremoniosa y flameante por la driza, que guiaban esas manos enguantadas de los alumnos seleccionados, con tanta delicadeza y finura, que aquel era un momento casi religioso, que hacía hervir el alma de patriotismo y recuerdos de la historia.
Sonaba entonces en el aire, los sones marciales y las voces cantaban: “Puro Chile, es tu cielo azulado, Puras brisas te cruzan también y tu campo de flores es bordado, es la copia feliz del edén….”
¡Qué maravillosa experiencia de unirnos todos en esa muestra de amor tan patriótico, tan nuestro, tan orgullosos, y mientras las gargantas respiraban profundas bocanadas de aire salitroso para alcanzar las notas y expulsar ese aire con la melodía patriótica, seguía subiendo la bandera impulsada por la driza paralela al mástil, arrullada también con alguna leve brisa tan necesaria en medio de tan caluroso día. Calor, temperatura alta, alguna corriente de aire leve, y el roce de la cuerda en la roldana superior, seguía su lenta marcha de llevar la bandera a hasta su cima: “Dulce Patria, recibe los votos, con que Chile en tus aras juró. Que o la tumba serás de los libres, o el asilo contra la opresión… y justo en el “bis” de: ¡O la tumba!, vino entonces la desgracia, de esa mañana, casi mediodía, que nos dejó perplejos, sin aliento, mientras la Banda Instrumental seguía con su notas interpretando nuestro amado himno patrio, y las voces opacadas por el “susto”, seguían la interpretación.
Sencillamente la driza se cortó, y entonces esa bandera que subía orgullosa hacia la máxima altura del mástil, como un ave con el ala herida, y titubeante, comenzó a caer, a desplazarse en caída libre lentamente, acompañada del leve viento, que quería acunarla y soportarla, y llevarla en “andas” para no hacerla caer y revolcarse en los jardines de ese sector de la plaza y fue entonces una caída lenta, eterna, silenciosa, expectante, diría: “sin palabras”, como cuando viene un paracaidista desde el cielo con su cúpula inflada, y la bandera se movía como esos volantines heridos de septiembre, o esas “cambuchas” pampinas vacilantes, y en su caída, se movía en sus intentos de equilibrio, y se desplazaba lentamente como una gigante pluma de tres colores, con su tamaño mágico y la cuerda fláccida y ya inerte, se doblaba como esas derretidas vigas metálicas que se someten a altas y mortales temperaturas, de algún fuego.
¡Dios Mio! Dijeron los cientos de miradas en silencio.
¡Se cae la bandera! ¡Se cortó la driza°!
Y entonces, surgió de esa muchedumbre infantil de cientos de estudiantes, con su característica camisa blanca, pulcra como su dentadura siempre alba, el pequeño o gran niño pampino: El “John Kennedy” y corrió presuroso traspasando las barreras de estudiantes y cordones policiales, con ese ímpetu de los héroes de nuestra historia patria que dieron su vida en los campos de batalla, y sobrepasando todos los obstáculos, rápido como un rayo, y en el segundo final en que la gravedad habría consumado su obra evitando el tumulto de niños y maestros, y aún oyendo los cantos del: ¡Oh el asilo contra la opresión”, tomó truinfante, antes de que cayera al suelo, ese trapo santo, que sostuvo con sus manos y no solo evitó que la bandera cayera humillada al suelo polvoriento, despojada de sus honores junto a los músicos del Maestro que soplaban con mayor potencia sus instrumentos, sino que el “John Keneddy”, se envolvió la bandera con respeto en su cuello, tomó la driza cortada, y jamás en mi vida supusimos ni de sueño lo que haría: Comenzó a subirse por el mástil enhiesto, recién pintado, y subía y subía con una destreza de puma, con la bandera como gran bufanda afirmada en su cuello y la soga de la driza entre sus manos. Y apretaba sus piernas fuertes al fierro del mástil, y sus manos heroicas y poderosas, sólo subían y subían y alcanzaban cada vez más altura, y el himno no cesaba, continuaba y los instrumentos de viento y los compases de la Banda, ya no miraban las partituras, estaban clavados sus ojos en la valiente maniobra, casi o muy heroica del pequeño o grande “John Kennedy” y comenzaron todos los presentes de nuevo a entonar el himno nacional: ¡Puro Chile es tu cielo azulado…”, para darle más tiempo. ¡Todos unidos, todos los “pampinos” haciendo fuerza y apoyo espiritual, todos impregnados de un espíritu heroico que rasgaba el aire con esas notas del himno patrio, porque el John Keneddy en medio de la batahola y la emoción contenida, seguía en su personal esfuerzo, en su gran intento, lo amamos en ese instante como héroe, todos queríamos ser “él”, todos queríamos estar allí subiendo el mástil, adoramos ese momento cuando en ese último impulso, llegó a la cima, llegó a la cúspide, llegó al “cenit” tan cercano al cielo, y allí con la sencillez y calma, arregló la cuerda, pasó la cortada soga por el orificio de la roldana, la ató, y entonces desplegó en esa altura inmensa, el gallardo tricolor que en ese minuto ondeó con una brisa fresca que surgió de la nada y con las notas del himno aún latiendo por los aires, hasta los pimientos se doblaron satisfechos, cuando el John bajó, con su alba sonrisa y con esa sencillez y virtud heroica de pampino al sentir muy en el fondo de su alma esa satisfacción interior que sienten las personas que hacen el bien y con su hermosa sonrisa volvió por el sendero que había sorteado, se ocultó de las autoridades, de la gente, y terminó cantando como todos el final de nuestro himno: “¡O el asilo contra la opresión”.
Nadie pudo aplaudirlo, nadie pudo agradecerle, había que seguir la ceremonia, y nunca nadie dejó de cantar por un instante en todo ese larguísimo y casi eterno tiempo en que nuestro pequeño o grande John Kennedy salvó la bandera, de caer en manos del polvo del olvido, subiéndose como puma poderoso o enrabiado, sin dejar de sonreír, por ese mástil que está allí aun, que se mantiene silencioso y que fue esa mañana testigo del mejor ejemplo de heroísmo de un simple joven estudiante de nuestra escuela.
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Ya no supe nunca más del “John Keneddy” que veía “subir” desde el fondo de la calle Acevedo, muy cercano la Estación, con su invariable e impecable camisa blanca y su pelo colorín y una hermosa sonrisa alba, y que tenía un gran parecido, hasta en la forma de su cabeza y corte de cabello y peinado al entonces Presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy.
Cada vez que pasaba por la calle Luis Acevedo, subiendo desde la estación hacia la plaza, mi mamá nos decía muy orgullosa y sonriente : ¡¡Ese es el John Kennedy el que salvó de la humillación y la derrota de la caída de nuestra amada y tricolor bandera!!